Pres. Arturo Illia 1578, 1649 Lanús, Provincia de Buenos Aires

FALTAN TECHOS, SOBRAN PAREDES

El déficit de viviendas en el país alcanza los tres millones de unidades, de lo cual se deduce, fácilmente, que faltan techos y paredes. Paradojicamente, también es cierto que sobran paredes por todas partes.

Casi todos los departamentos chicos tienen paredes de más; por ejemplo, la que está ubicada entre una minicocina de 1.50 de ancho y un miniliving de 2.80. Es una pared que corta en dos la función única, comer-cocinar, interrumpiendo el diálogo y fracturando la más importante ceremonia de la vida familiar, que es la comida. “Si, si, claro… ya lo pensé… pero si sacamos la pared las visitas verías los platos!”, suelen argumentar las dueñas de casa, sin advertir que la abstracta “visita”, es siempre su amiga, la misma que después le ayudará a lavar los platos que quiere ocultar.

La fantasmal “visita”, alrededor de la cual nuestra clase media organiza su incomodidad cotidiana, es culpable también del pasillo, (“hall íntimo”, según los eufemismos inmobiliarios) que comunica los dormitorios con el baño. Ese pasillo, totalmente lógico en viviendas de 80 metros cuadrados o más, es absurdo en departamentos de superficies mínimas (menos de 65 metros cuadrados). “Es para que cuando hay una persona enferma y una visita al mismo tiempo, esta no la vea pasar al baño” (¡!)

Hay proyectos construidos (y premiados!) para conjuntos FONAVI, compuestos por centenares de viviendas económicas, que proponen metros y metros de estas paredes inútiles… pero eso sí, el baño y la cocina deben estar pegados, para ahorrar cañerías. El famoso “núcleo húmedo”, es uno de los dogmas indiscutidos que rigen la enseñanza de la arquitectura, aún a costa de desorganizar el espacio y aunque ese ahorro se pierda, duplicado, en los costos que acarrean las paredes del prejuicio.

Durante mis muchos años de ejercicio profesional, son más las paredes que tiré abajo que las que levanté. Y los propietarios agradecidos. Tirar una pared que estuvo allí durante años, o abrir una ventana, es vencer un temor, abrirse, animarse, comunicarse.

De aquí a la apología del “Loft”, hay un solo paso. El Loft, consistente en un gran espacio único, sería entonces el ideal. Únicamente parece estar de moda, todos hablan a favor del Loft y pocos se detienen a observar, sin prejuicios ni entusiasmos frívolos, la realidad vital de este modelo de vivienda.

Marylin Monroe vivió en uno de ellos, construido por un famoso arquitecto norteamericano, y cuando se mudó a otra casa más convencional, declaró: “Estoy contentísima con mi nueva casa, imagínense… tiene paredes!”

Porque las paredes son necesarias: alrededor del baño, por supuesto, aislando el dormitorio de los padres (“y si fuera posible, con un foso con cocodrilos!” me decía un cliente), alrededor de los cuartos de los adolescentes, y otro casos. La puerta garantiza la intimidad, el deseo de no hablar, en fin, el no ser invadido sin antes golpear. Y ni hablar de las maravillosas llaves!

Aún las parejas sin hijos necesitan aislarse el uno del otro, para poder desear, luego, estar juntos.

La deficiencia de una casilla en una villa miseria, no consiste únicamente en la falta de higiene, de agua corriente y cloacas, o en la precariedad de los materiales, sino también en la falta de intimidad… que los sofisticados Lofts vuelven a proponer! ¡Nada como un nombre en inglés para generar la moda!

Si el Loft no sirve y el exceso de paredes tampoco, podría concluirse, (¿Cuándo no?) que todo consiste en lograr el famoso “justo término medio”. No creo que sea esa la conclusión acertada. La causa de la contradicción radica, a mi juicio, en la falta de creatividad que predomina en la sociedad, cuya alternativa suele oscilar entre copiar el Loft porque está de moda y viene de “allá”, o copiar la clásica casita burguesa de 120 metros cuadrados, reducida por un jíbaro a 50 metros cuadrados. Ni el –loft ni la distribución clásica están equivocados, considerados en sí mismos. El error consiste en transportar el modelo a situaciones diferentes.

¿Cuál es, entonces, el modelo acertado de organización espacial? Hay modelos tipificables, pero cada presupuesto, cada familia, cada clima y cada situación, contienen, como el bloque de piedra contiene a la estatua, al modelo óptimo.

Se trata de preparar el escenario más adecuado para las conductas felices, y hacerlo sin prejuicios, sin temores y sin modelos en inglés.

Las conductas tienen límites, que las estimulan y las condicionan. Y la arquitectura es, en definitiva, la sabia ubicación de esos límites.

Existen dos arquitecturas: la de los grandes ejemplos que figuran en los libros, perlas aisladas que provocan la admiración y la polémica entre los arquitectos y aquella otra arquitectura cotidiana, imperceptible casi para los teóricos, los congresos y las revistas especializadas, que es donde vive la gran mayoría de las personas.

Esta arquitectura cotidiana es reformada frecuentemente para adaptarla a los habitantes, que se renuevan, o a los cambios en sus costumbres, sin que esas obras queden registradas en las estadísticas de construcción y sin la intervención, en la mayor parte de los casos, de los arquitectos. La mayoría de estas reformas están aceptablemente bien ejecutadas desde el punto de vista constructivo: podría deducirse, por lo tanto, que los arquitectos son prescindibles. Sin embargo, lo que suele fallar es el diagnóstico, es decir, la base de las decisiones importantes con respecto de la organización del espacio; porque los albañiles, como es lógico, se limitan a ejecutar lo que el cliente pide, que no suele coincidir con lo que el cliente realmente quiere.

Esta decodificación, el diagnóstico, es, a mi juicio, el aporte más importante que debe realizar el arquitecto a su cliente y constituye la esencia, la clave del proyecto.

Fuente: Cirugía de casas – Arq. Rodolfo Livingston – 13ª edición