El déficit de viviendas en el país alcanza los tres millones de unidades, de lo cual se deduce, fácilmente, que faltan techos y paredes. Paradojicamente, también es cierto que sobran paredes por todas partes.
Casi todos los departamentos chicos tienen paredes de más; por ejemplo, la que está ubicada entre una minicocina de 1.50 de ancho y un miniliving de 2.80. Es una pared que corta en dos la función única, comer-cocinar, interrumpiendo el diálogo y fracturando la más importante ceremonia de la vida familiar, que es la comida. “Si, si, claro… ya lo pensé… pero si sacamos la pared las visitas verías los platos!”, suelen argumentar las dueñas de casa, sin advertir que la abstracta “visita”, es siempre su amiga, la misma que después le ayudará a lavar los platos que quiere ocultar.
La fantasmal “visita”, alrededor de la cual nuestra clase media organiza su incomodidad cotidiana, es culpable también del pasillo, (“hall íntimo”, según los eufemismos inmobiliarios) que comunica los dormitorios con el baño. Ese pasillo, totalmente lógico en viviendas de 80 metros cuadrados o más, es absurdo en departamentos de superficies mínimas (menos de 65 metros cuadrados). “Es para que cuando hay una persona enferma y una visita al mismo tiempo, esta no la vea pasar al baño” (¡!)
Hay proyectos construidos (y premiados!) para conjuntos FONAVI, compuestos por centenares de viviendas económicas, que proponen metros y metros de estas paredes inútiles… pero eso sí, el baño y la cocina deben estar pegados, para ahorrar cañerías. El famoso “núcleo húmedo”, es uno de los dogmas indiscutidos que rigen la enseñanza de la arquitectura, aún a costa de desorganizar el espacio y aunque ese ahorro se pierda, duplicado, en los costos que acarrean las paredes del prejuicio.
Durante mis muchos años de ejercicio profesional, son más las paredes que tiré abajo que las que levanté. Y los propietarios agradecidos. Tirar una pared que estuvo allí durante años, o abrir una ventana, es vencer un temor, abrirse, animarse, comunicarse.
De aquí a la apología del “Loft”, hay un solo paso. El Loft, consistente en un gran espacio único, sería entonces el ideal. Únicamente parece estar de moda, todos hablan a favor del Loft y pocos se detienen a observar, sin prejuicios ni entusiasmos frívolos, la realidad vital de este modelo de vivienda.
Marylin Monroe vivió en uno de ellos, construido por un famoso arquitecto norteamericano, y cuando se mudó a otra casa más convencional, declaró: “Estoy contentísima con mi nueva casa, imagínense… tiene paredes!”
Porque las paredes son necesarias: alrededor del baño, por supuesto, aislando el dormitorio de los padres (“y si fuera posible, con un foso con cocodrilos!” me decía un cliente), alrededor de los cuartos de los adolescentes, y otro casos. La puerta garantiza la intimidad, el deseo de no hablar, en fin, el no ser invadido sin antes golpear. Y ni hablar de las maravillosas llaves!
Leer más